Los seres humanos han construido, a lo largo de los siglos, reglas, hábitos y formas estúpidas de “aprovechar” el tiempo. Un sistema injusto y absurdo donde no hay cabida para la evasión. No se puede escapar. Se puede, no obstante, optar por una forma de vida más o menos absurda, pero no se puede elegir no formar parte de ello. Ha llegado a tal el sinsentido que desde que una criatura humana nace, se le manipula para que aprenda a sobrevivir en el sistema, para que no se plantee que existe algo más allá, para que se comporte de acuerdo con éste e inculquen ese mismo legado despreciable a sus vástagos. Se controlan incluso los apetitos sexuales y hasta aquellos que dicen vivir al margen del sistema están sometidos a él. Dan ganas de vomitar.
Ha habido intentos, los hay ahora más que nunca, de buscar salidas. Se sorprenden de que sus jóvenes busquen la evasión, les escandaliza, les penalizan. Son ellos los más conscientes, los más cuerdos, aunque realmente no lo sepan, de que viven una vida artificial. Han crecido manipulados, han aprendido a manipular, a escandalizarse y a penalizar. Sin embargo, muchos buscan olvidar que existe. Cada noche sus cuerpos drogados se contonean con violencia al son de melodías imposibles y de ritmos alegres. Más tarde crecerán y asumirán, siempre inconscientemente, que están obligados a comportarse como se les ha obligado a hacer y que la única salida es la muerte. O persistirán en el intento y caerán en la locura, estado que puede ser asimismo discutible.
Son esas pequeñas cosas...¡putas pequeñas cosas! No es que sea asocial, soy susceptible. La gente me irrita por norma general. Unos poco, otros mucho y otros se podrían caer de vez en cuando por el agujero de una obra. Los que me irritan poco lo hacen siendo estúpidos, creyéndose superiores o haciéndose las víctimas sin razón. Los que me irritan mucho, no son peores que los anteriores, son simplemente insoportables. Los que rayo del cielo les parta son un subgrupo curioso. Son aquellas personas que podría calificar de malas y que además lo demuestran sin ningún pudor, manipuladas o convencidas de que lo que hacen es lo mejor, para ellos, claro.
Pero más que las personas son las cosas que hacen. De hecho, el carácter se intuye a través de sus acciones. Son pequeñas cosas:
1. Don busero te ve desde lejos, ahí, como una gilipollas haciendo señas por si acaso, bajo la lluvia y luchando contra el viento y tu paraguas rebelde de los veinte duros pero, como eres la única persona en la parada y va mal de tiempo en la hora punta mañanera, decide, a pesar de lo gracioso y decadente de la imagen que das, pasar de ti.
2. El abuelo desagradable al que adelantas en una acera, no por falta de respeto o intención de reírte de su ritmo de dos por hora sino por prisa para no perder el bus. Él, desafiante, un segundo antes de que consigas rebasar su posición, emite un sonido gutural digno de un dinosaurio y un instante después...¡puaj! a dos centímetros de tu pie derecho adelantado.
Ya se me ocurrirán más cosas.
Decidió marcharse. Decidió marcharse para no volver. Lo pensó mucho. Pensó en una despedida incubierta. Pensó en su cobardía y finalmente en sus ganas de desaparecer. Resultó ser más fácil de lo que pensaba. Resultó ser macabro, egoísta y cobarde pero, ¿qué más daba? Ya nunca miraría hacia atrás para analizar las consecuencias. No volvería a sentir dolor o rechazo. No volvería a sentir nada. Volvería al principio de todas las cosas. Volvería a algún lugar del que nunca debió salir.
Salió del trabajo y anduvo durante horas. Anduvo pensando en su vida. Pensaba en la gente que conocía, en sus padres, en la luna y las estrellas, en ella. Reflexionó sobre su existencia. Anocheció. Por primera vez no tenía miedo de andar sola a esas horas. Deseaba que le pasara algo. Deseaba morir. Si alguien lo hacía por ella no tendría que enfrentarse a su conciencia o a sus miedos. Se dejó llevar por sus delirios hasta que topó con la puerta de casa. No había pasado nada. Nunca pasaba nada. Subió andando porque el ascensor seguía averiado. Subiendo tuvo miedo de sufrir. No quería morir sufriendo. Quería esfumarse de manera repentina y sin dolor. Quería desaparecer chasqueando los dedos o guiñando un ojo. Llegó al séptimo piso jadeando. Si no se mataba ella antes, lo haría el tabaco poco a poco. Cerró la puerta de golpe, tiró las llaves al suelo y empezó a llorar. Se compadecía de su soledad, de su melancolía, de su incapacidad para comprender el sentido de la vida. No sentía nada por nadie. Quería sentirse víctima de todos los males y no quería darse cuenta de que era víctima de ella misma. Buscó desesperada el licor que guardaba para emergencias existenciales. Cantó, bailó, se tambaleó y se desplomó sobre el sofá varias veces. Bebió maldiciendo al mundo y haciendo cortes de mangas. Bebió, una vez más, para olvidar que quería morir.
Hacía mucho tiempo que la buscaba sin quererlo. En cada paso de su vida intentaba acercarse a lo que ya era un fantasma del pasado, a veces una obsesión. Quería volver a verla. Era algo factible aunque puede que un poco complicado. Soñaba con poder pasar tiempo con ella, aunque fuese un instante fugaz, un segundo. Soñaba con ver en qué se había convertido. Soñaba con abrazarla, con poder tocar su pelo rubio brillante. Soñaba con aquellas largas conversaciones sobre el sentido de la vida entre suspiros de marihuana. Pero suele suceder en este como en otros mundos que cuanto algo más se desea, menor es la probabilidad de que ocurra. Decidió pues olvidar el tema o al menos intentarlo durante algún tiempo.
Hace unos días que no paro de soñar. Anoche iba de excursión dominguera con mis amigos a una casa rural con cine, habitada y regentada por "la hierbas" de Aquí no hay quien viva, un chino y sus dos hijos. Anteanoche me sorprendí a mi misma protagonizando un culebrón de cariz multisexual y hoy ya estoy convencida de que el día no ha hecho más que empezar.
Anoche olvidé bajar la persiana. Mejor. Hoy me he levantado con el sol en la cara. Ha sido maravilloso. Bañada entre su luz sentía que me daba los buenos días. Hoy el sol será mi acompañante.
Todos duermen. Son casi las cuatro y media de la madrugada y me acabo de levantar. No he cenado. Me he acostado a las diez o así, borracha como una cuba. No pensaba dormir. Sólo quería ponerme el pijama y descansar un ratito refugiada entre el calor de las sábanas. Y aqui estoy. El alcohol se está convirtiendo en un hombro para llorar. ¿Sobre qué voy a llorar si normalmente no sé por qué lo hago? Nadie que conozca bebe a solas, como yo. De hecho prefieren otras drogas. Se sorprenden que beba tanto y entre semana. También yo me sorprendo de mi misma. En fin, a ver si puedo volver a dormirme. La cajera del mercadona se pensará que llevo una fiesta en el cuerpo... Siempre voy a la misma, es la más rápida.
Hoy creo que no saldré de casa. Si salgo, saldré lo justo, para comprar aguarrás. He estado pintando y ahora no puedo quitarme las manchas de las manos.
A veces me gustaría que el tiempo se parara. Las horas pasan tan rápido. Tengo tiempo pero no sé aprovecharlo. Es como si los días cayeran por una cascada. Yo estoy bajo. Un fuerte flujo de agua imparable me hunde y no puedo alzar la cabeza. Sólo puedo seguir ahi bajo. Atrapada. Esperando que una corriente me lleve a alguna parte. Y mientras tanto siguen cayendo los días.